Llámenlos biocombustibles, cultivos energéticos, agrocombustibles, agroenergía, éstos son una falacia o una solución viable para todos….
Las implicaciones para la seguridad alimentaria del Sur global son estremecedoras. La apropiación de grandes extensiones de tierra para dedicarlas a cultivos de exportación no es más que una continuación del modelo colonial agroexportador, el mismo modelo socialmente retrógrado, feudal, explotador y ambientalmente destructivo que ambientalistas y progresistas en el Norte y el Sur han tratado por décadas de erradicar.
¡El genio de los agrocombustibles es duro de matar! Aún a estas alturas una porción significativa del movimiento ambientalista, incluyendo en Puerto Rico y Estados Unidos, se aferra a la noción de que combustibles derivados de cultivos agrícolas, desperdicios animales y otras fuentes biológicas, pueden sacar al mundo de su dependencia de los combustibles fósiles y así vencer dos grandes amenazas globales, el cénit del petróleo y el calentamiento global.
Llámenlos como quieran, biocombustibles, cultivos energéticos, agrocombustibles, agroenergía, éstos son una falacia en un ecosistema finito y en un sistema económico basado en el crecimiento descontrolado e ilimitado. Cuando traigo a discusión la evidencia de que no hay agrocombustibles sostenibles, algunos de mis colegas estadounidenses se retractan de sus posturas acríticas sólo de manera leve y recurren al argumento B: que aunque no sean perfectos, los “biofuels” pueden ser parte de la solución. Cuando respondo que tal afirmación se basa en fe y no en razonamiento, lo toman personal y me acusan de ser “incivico” y “desagradable”.
Según la Academia Nacional de las Ciencias de EEUU (NAS), si todo el maíz sembrado en EEUU fuera usado para etanol y toda la soya del país fuera convertida en biodiesel, sólo se desplazaría 12% de la demanda nacional de gasolina y no más de 6% de la demanda de diesel.
Esas cifras son preocupantes. Estados Unidos cultiva alrededor de 44% del maíz del mundo—más que China, la Unión Europea, Brasil, Argentina y México juntos. Esto significa que si la producción mundial de maíz fuera a ser cuadruplicada y dedicada por completo a la producción de etanol, satisfaría la demanda estadounidense, pero dejaría el resto de la flota de vehículos del mundo todavía corriendo con gasolina, mientras los conductores mueren de hambre.
Pero la realidad ha demostrado que el estudio de la NAS posiblemente fue demasiado generoso: En 2006 el 20% de la cosecha estadounidense de maíz fue convertida en 5 mil millones de galones de etanol. Esa cantidad de etanol desplazó apenas 1% del consumo de gasolina en Estados Unidos. Ustedes hagan la matemática, no hay que ser un genio para llegar a la conclusión obvia.
Si todavía creen que los agrocombustibles pueden formar parte de un futuro libre de combustible fósil, vean los cálculos del profesor David Pimentel, entomólogo de la Universidad de Cornell. Según Pimentel, todas las plantas verdes en EEUU- incluyendo cultivos, bosques y praderas- combinandas reciben alrededor de 32 quads de energía solar al año. Un quad es un cuadrillón de BTU’s. Un cuadrillón es un uno seguido de 15 ceros y BTU es unidad termal británica, una medida de energía comúnmente usada por físicos e ingenieros. 32 quads suena como mucho, pero la población estadounidense quema más de tres veces esa cantidad de energía de combustibles fósiles al año. Este cálculo es muy importante porque la materia vegetal de la que se derivan los agrocombustibles no es más que energía solar transformada en carbohidratos mediante fotosíntesis.
El que los agrocombustibles compiten con la producción de alimentos es un hecho tan contundente y bien documentado que ya ni siquiera puede ser cuestionado en una conversación seria. En julio de 2008 el periódico UK Guardian reveló que un estudio confidencial del Banco Mundial dirigido por el economista Don Mitchell, concluyó que el boom de los agrocombustibles fue responsable de 75% del drástico aumento de los precios de alimentos a nivel mundial que se dio ese año. Ambientalistas prominentes como Lester Brown y organizaciones no gubernamentales como GRAIN y Food First han sonado repetidas veces la alarma en torno al dilema de alimentos vs. agrocombustibles.
Si se requieren 22 libras de maíz para hacer un galón de etanol, según la Organización de Agricultura y Alimentos de la ONU (FAO), ¿Cómo puede alguien dudar que existe una contradicción entre agrocombustibles y alimentos?
Aún sin estos datos, no hace falta un doctorado para entender que una hectárea de terreno agrícola produciendo combustibles es una hectárea que no está produciendo alimento.
Los entusiastas de la agroenergía no cuestionan la demanda energética, y la aceptan como un hecho inalterable. El tema de la demanda es problemático y es imperativo discutirlo porque la demanda energética está en constante aumento y se espera que siga aumentando. Cuando uno toma esto en cuenta, las posibilidades de los agrocombustibles lucen aún más remotas. Según International Energy Outlook 2006, un informe del propio gobierno de EEUU, el consumo mundial de energía subirá 71% de 2003 a 2030. Y la demanda global de petróleo subió 3.4% en un período de 12 meses entre 2003 y 2004. Según el Earth Policy Institute, las emisiones globales de gases de invernadero subieron 20% entre 2000 y 2006, y gran parte de ese aumento se debe a la creciente demanda energética. Para 2008 se estaban quemando sobre 3.5 millones de barriles de petróleo POR HORA. Y tenemos el factor “Chindia”: China dobló su consumo de petróleo de 1996 a 2006, y se espera que la India triplique sus importaciones petroleras entre 2005 y 2020.
Cuando son confrontados con estas y similares cifras de consumo de energía, los proponentes de la agroenergía me vienen con argumentos como “Puede que los agrocombustibles no sean más que una gota en la cubeta energética, pero reduzcamos el tamaño de esa cubeta mediante una reducción en nuestro consumo de energía”. Pero los agrocombustibles son totalmente incapaces de hacer una mella significativa en la demanda actual de energía, y además nada tienen que ver con reducir la demanda energética. Ninguno de los gobiernos o corporaciones que invierten en agrocombustibles ha dicho una sola palabra sobre reducir su uso de energía.
La carrera hacia el sur
Las cifras claramente muestran que para hacer alguna mella apreciable en la creciente demanda energética mundial la gran mayoría de la producción de agroenergía tendrá que ser ubicada al sur del ecuador, en el llamado tercer mundo. La revolución de los cultivos energéticos no será en Yukon o Siberia. Sólo en el Sur del mundo- en el Africa sub-sahariana, Suramérica y el Sureste de Asia- hay suficiente luz solar a lo largo del año y tierras, y además la tierra ahí es barata y la vida humana es considerada más barata aún.
Y las cosas ya van encaminadas en esa dirección. El gobierno de la India planea sembrar 14 millones de hectáreas (un área casi del tamaño de Uruguay) con cultivos energéticos, mayormente jatrofa. Actualmente Malasia produce 45% del aceite de palma (utilizado para biodiesel) del mundo en 4.17 millones de hectáreas (un área casi del tamaño de Costa Rica), mientras que su vecino y competidor Indonesia se dispone a aumentar para 2025 su área de plantaciones de palma aceitera a 26 millones de hectáreas (equivalente a la mitad de España). Y los africanos que se preparen, porque los mayores jugadores en el negocio mundial de la agroenergía se disponen a apropiarse de 379 millones de hectáreas en 15 países africanos (la República Democrática del Congo entera tiene apenas 234 millones de hectáreas).
Y entonces tenemos a Brasil. Con 62% del mercado internacional de azúcar, Brasil está asociándose a Estados Unidos para juntos mantener su supremacía sobre el mercado mundial de etanol. En cuanto al biodiesel, en 2008 Brasil sobrepasó la producción de soya de EEUU para convertirse en el mayor productor de soya en el mundo. Los monocultivos de soya brasileños, que experimentan desde hace años una expansión explosiva, están siendo dedicados crecientemente hacia la producción de biodiesel.
Las implicaciones para la seguridad alimentaria del Sur global son estremecedoras. La apropiación de grandes extensiones de tierra para dedicarlas a cultivos de exportación no es más que una continuación del modelo colonial agroexportador, el mismo modelo socialmente retrógrado, feudal, explotador y ambientalmente destructivo que ambientalistas y progresistas en el Norte y el Sur han tratado por décadas de erradicar.
Aquellos ambientalistas que creen que la exportación de agrocombustibles de Sur a Norte puede ser un motor de desarrollo sostenible y socialmente equitativo hablan de cultivos energéticos producidos por pequeñas fincas familiares. Ellos dicen que esta es una actividad económicamente beneficiosa para las comunidades rurales, y nos hablan también de comercio justo, esquemas de certificación y responsabilidad social corporativa. Pero en realidad no hay espacio para las pequeñas granjas familiares en la revolución agroenergética. Sólo las plantaciones de monocultivo, que se extienden de un horizonte a otro, pueden lograr las economías de escala necesarias para este emprendimiento. Los inversionistas globales y acreedores multilaterales, como el Banco Mundial, han sido muy claros con respecto a este asunto.
Fuente: alainet.org



Publicado el 3 Diciembre, 2009 
